«Si mi humor puede hacer gracia, es porque soy un escritor serio»

Eduardo Mendoza meditaba ayer, en la Feria del Libro de Bilbao, sobre el punto que une los relatos de su última obra, 'Tres vidas de santos' (Seix Barral). «Haber estado metidos en el mismo cajón», se respondía el escritor catalán, que además de presentar ese volumen protagonizó una charla sobre 'Literatura y humor' presentada por José Luis Urrutia.
«La mayoría de los escritores -continuó Mendoza- empezamos cosas y, al ver que el argumento no avanza, cuando sentimos que nos estamos dando cabezazos contra la pared, las guardamos pensando que dentro de unos años quizá les podamos sacar algún provecho». Por ejemplo, a él no le gusta la ciencia ficción pero comenzó una novela de este género para ver qué pasaba. El resultado fue poco satisfactorio, aun así lo conservó y, años más tarde, lo transformó en 'Sin noticias de Gurb'.
El autor se imagina lo que harán sus herederos si tienen una buena oferta: vender todos los escritos que guarda sin publicar y que ocupan tanto como lo que ha publicado. «A lo mejor hasta sacan la lista de la compra. Y la gente pensará: '¡Hombre! Éste cada vez escribe peor', cosa normal en los cadáveres».
Autor de grandes libros dramáticos como 'La verdad sobre el caso Savolta', 'La ciudad de los prodigios' o 'La isla inaudita', a Mendoza cada vez se le identifica también, o incluso más, con su otra faceta, la del humorista de 'El misterio de la cripta embrujada' o de 'El asombroso viaje de Pomponio Flato'. «No me quejo. El humor es la parte de mi producción literaria que me ha dado más lectores, y por tanto más dinero, más independencia y más libertad. Pero, como dicen las actrices, no debo encasillarme. Si mi humor puede hacer gracia es porque soy un escritor serio. El efecto de los payasos es limitado porque aparecen vestidos para que la gente se ría. Si a un alcalde se le caen los pantalones, hace gracia; si siempre lleva los pantalones bajados, no tanto», puntualiza.
Practicar la literatura de humor le ha servido para ser más preciso en la escritura y pensar continuamente en el efecto en los lectores. «Una novela dramática puede tener la extensión que quiera, pero un obra larga de humor sería insoportable. En el registro humorístico no puedes perder el ritmo ni reiterarte. El humor tiene que entenderse pero no puede explicarse, y entonces hay que intuir lo que le puede hacer gracia a cualquier lector, de cualquier cultura y en cualquier estado de ánimo. Ahí está desafío», explica el autor.
Poca Chicha y la Fornillos
Mendoza está de acuerdo con que el humorismo está poco considerada por la academia, pero piensa que esto es normal si se trata de escritores contemporáneos. «Es muy difícil que se haga una tesis doctoral sobre un humorista de ahora, ya que el resultado es muy chocante. Analizar un chiste es como pinchar una pompa de jabón: sólo tiene gracia cuando está flotando. Pero si nos fijamos bien, los grandes reconocimientos histórico se hacen a los escritores humorísticos: Cervantes con 'El Quijote', 'El Lazarillo', el 'Gargantúa' de Rabelais, Voltaire o incluso Kafka en muchas obras».
No de este nivel, aunque sí famoso, es Poca Chicha, protagonista de uno de los cuentos de 'Tres vidas de santos', titulado 'El malentendido'. Se trata de un presidiario que se apunta en la cárcel a un curso sobre literatura, impartido por la señorita Fornillos, y acaba aficionándose hasta el punto de convertirse en un escritor de éxito. «El personaje descubre que escribir consiste en pasar las ideas por una procesadora muy mecánica aunque, por mucho que reniegue, el oficio le ha salvado la vida. Todos los escritores tenemos unos cuantos momentos en que decimos: 'En mala hora me puse a escribir'. Pero claro, peor sería trabajar».