Al calor de los libros

GUILLERMO BUSUTIL No son buenos tiempos para la lírica. Tampoco para la prosa. Unos días antes de abrir la página de honor de la Feria con la voz de Luis Alberto de Cuenca, los libreros conocían el dato del mercado del segundo trimestre. Un descenso de ventas del treinta por ciento. La cifra era un golpe en el estómago de la frágil economía de un gremio que, a pasar de los índices de lectura con el pulgar bocabajo, ha incrementado sus puertas abiertas en los últimos años. No tanto como los hoteles. No tanto como los bares de copas ni como los casos de corrupción urbanística. Pero lo cierto es que Málaga cuenta en la actualidad con históricas y jóvenes librerías, además de con conocidas cadenas, repletas de portadas de actualidad, numerosos fondos, actividades constantes y la vocación de que los libros sean usuarios habituales de la EMT, de las playas y del Ave. El objetivo se supone asequible en una ciudad donde los autobuses tardan mucho en llegar y cubren largos recorridos; en la que la playa se convierte, nada más aparecer el calor, en la oficina del ocio desde la diez de la mañana hasta el atardecer y con un constante flujo de viajeros que salen de la estación María Zambrano con más de dos horas por delante. Sobre el papel, la esperanza es factible y risueña. En cambio, la realidad la niega más de tres veces. En Málaga se lee poco. Al menos en la capital. Otro gallo canta en los pueblos de la provincia, donde las bibliotecarias organizan fantásticos clubs de lectura, entre mujeres jóvenes, señoras con valiente voluntad de aprender a escribir y a leer y con amas de casa y del campo, que han encontrado en los libros un compañero en las tardes de su vida. Pudo comprobarse en las presentaciones y firmas de María Dueñas y de Lorenzo Silva. Dos novelistas de éxito que crean cola de adeptos lectores que bajaron del pueblo para escucharlos, para llevarse el afecto de sus firmas.
Ahora que hablamos de autores es inevitable hacer referencia a los que se van contentos, a los que hacen frente con diferente ánimo a la escasez de público y a los que reúnen el aforo suficiente para que presentar un nuevo título tenga sentido. La clave no está en la calidad de los libros, aunque sí. La clave está en que las obras hayan tenido mucho marketing, aunque no. La clave siempre es una incógnita caprichosa. En estos días, por Málaga, han pasado escritores y escritoras best-seller y de prestigio minoritario con libros que merecen la pena entrar en la mochila del verano. Pero a todos, todas, no les ha ido igual en la feria. Lo mismo les ha pasado a los editores malagueños. Ese oficio, empecinadamente vocacional en la última década, al que podríamos regalarle la frase de «no le digas a tu padre que tú novio es editor». Seguro que sí lo haces, no lo mirará con buenos ojos, a no ser que pertenezca a Arguval, el sello más consolidado y reconocido y también el más comercial, con años de experiencia y dedicación. En cambio, Ediciones de Aquí, Alfama, Miguel Gómez ediciones o Sarriá, han de pelear por dar a conocer la calidad de sus publicaciones y autores; porque la cultura oficial y mediática reconozca no ya su esfuerzo sino su existencia. Estos pequeños sellos, entre otros a los que hay que sumar la Fundación Málaga, necesitan que las administraciones y los lectores apoyen lo que supone que en Málaga existan editoriales que lanzan nuevas promesas, que poco a poco se dan a conocer a nivel nacional, sin ninguna ayuda y mucho riesgo personal. Una difusión que, como sucede con casi todo, en Málaga depende de las filias y de las fobias que corren tupidos velos de silencio sobre unas cosas mientras que magnifican otras. Y como colofón, un año más, la pregunta del millón. ¿Serían mayores las ventas y la participación de público si la feria se ubicase entre la calle Larios y la plaza de la Constitución? Mientras cada cual se piensa política, social o gremialmente la respuesta, no está de más advertir que la venta de libros no es una cuestión de espacio ni de visibilidad. La compra y la lectura de libros sólo está sujeta a la educación que convierte ambas cosas en un enriquecedor hábito cotidiano. He aquí el verdadero marcapáginas del problema.