Los libreros de Zaragoza cerraron ayer la Feria del Libro con un saldo de negocio nada positivo. La crisis ha hecho mella en el sector y si la celebración del Día del Libro, el 23 de Abril, fue una jornada económica normal, en la que muchos empresarios se mostraron satisfechos de las ventas y no difirieron mucho de años anteriores, en esta ocasión no ha sido así. Está claro que la feria es un buen escaparate para los autores, los libreros, los editores y los distribuidores, pero cosa bien distinta es que los empresarios vendan. Lo que viene a significar que los lectores –además de lo que influya la crisis– no se han sentido muy atraídos por unas casetas que están en un buen lugar pero que, en conjunto forman una propuesta cuyo modelo requiere algo más. Si este último fin de semana los zaragozanos han preferido elegir y abarrotar otro tipo de puestos callejeros quizás es momento de que los organizadores busquen un modelo de feria distinto, más dinámico, más atractivo para la gente, aún en momentos económicos difíciles. Ni hay que ser inmovilista, ni ponerse orejeras para hablar solo de una causa.
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