EL Retiro es un horno, una falsa paramera en la que el sol anima el bullicio de cientos de personas que en las casetas de la Feria del Libro descubren a autores que conocen, los hayan leído o no. Es un milagro que todavía algo tan viejo como la palabra escrita levante tanta expectación. Los efectos de la lectura son benéficos: nadie es el mismo después de leer un buen libro. Nadie es peor tras adentrarse en un mundo inventando que, una vez leído, es más nuestro que del autor. Los libros, decía Ortega y Gasset, y lo recuerda muy bien José María Carrascal en Autobiografía Apócrifa (Marcial Pons, 2010) se leen con el corazón, con el hígado y con los sentidos. No creo que haya mejor forma de clasificar la lectura que pasa a formar parte de nuestro cuerpo, como la piel, y se instala en el alma, allí donde habitan pasión y locura.
Recorro con paso procesional la Feria y reparo en que están los autores que me ayudan a pasar dignamente por la vida. Los conozco, pero no los saludo. Hay en ese oficio algo que recuerda la naturaleza con la que están hechos los dioses. Me cuesta creer que un ser humano haya sido capaz de producir tanta vida. Pero lo creo. Es cosa de los dioses, suelo decirme muy a menudo. Y nadie es tan grande como para saludar a un dios.
Pero ocurrió que buscaba un libro. Un libro que ya tengo, pero que sale en edición aumentada y actualizada y que lo hace nuevo, o casi. Andrés Trapiello vuelve con Las armas y las letras. Literatura y Guerra Civil (Ed. Destino) Me lo encuentro en la misma caseta en que Benjamín Prado firma sus poemarios. Y me acerco. Y le saludo. Y le digo lo mucho que me sirven sus libros, sus diarios, sus novelas, sus ensayos. Le recuerdo lo que le he dicho en alguna ocasión: que conocí a Manuel Chaves Nogales porque él me lo recomendó. Y me dice que ahora apreciaré a otros exponentes de la llamada tercera España, la que de verdad perdió la Guerra Civil y en la que me reconozco y encuentro tantos años después: Clara Campoamor, el chileno Morla Lynch o Juan Ramón Jiménez. Liberales, todos ellos, que asqueados ante la violencia no quisieron justificarla.
Si ama la Literatura y ha llegado a ese estado de gracia en el que lo que le importa es lo que se escribe, pero no lo que apoyó el autor cuando llegaron los hunos y los hotros, pregunte al libro de Trapiello. Y no se haga trampas. Si 70 años después empezamos a reconocer a escritores que fueron olvidados porque apoyaron a Franco y a relativizar a los que, como Alberti, llamaban padrecito a Stalin, estaremos digiriendo aquello que les pasó a nuestros abuelos. Empecemos con los libros. Y sigamos con la política. Y con razón podremos hablar de un país instalado en la modernidad. Y en el encuentro.